Por José Luis Bleda | 8 de enero de 2023

Isaías 42, 1-4.6-7; Salmo 28; Hechos 10, 34-38; Mateo 3, 13-17.

Estas Navidades han tenido la peculiaridad de caer las grandes fechas que se celebran en domingo: 25 de diciembre, Navidad, y 1 de enero, Santa María Madre de Dios; lo que nos lleva a celebrar seguido la Epifanía o los Reyes Magos con el Bautismo del Señor, fiesta que culmina las celebraciones navideñas y da inicio al que llamamos Tiempo Ordinario. Celebramos la manifestación de Jesús como Dios, como Mesías, este es el origen de la Navidad: que Dios se manifiesta, por ello en muchas iglesias ortodoxas la Navidad se celebra el 6 de enero, unida a la escena de la adoración de los magos, al bautismo de Jesús y a la conversión del agua en vino en las bodas de Caná. Dios se manifiesta como hombre cuando nace; el hecho de que los pastores vayan a adorarlo, y, luego los magos venidos de Oriente, expresan que ese bebé envuelto en pañales y recostado en un pesebre es la manifestación de Dios, primero a los judíos (los pastores) y luego a todas las naciones (los magos). En el Bautismo, el bebé ya ha crecido, es hombre, y acude al bautismo de Juan, y Dios manifiesta con su voz que ese hombre es su Hijo amado.

Mirad a mi siervo, a quien sostengo… Isaías, el mismo profeta que nos ha acompañado durante el Adviento, nos invita en la primera lectura a mirar a Jesús, mirar al niño que ya ha crecido, que con treinta años acude a ser bautizado por Juan como uno más. Juan el Bautista, desde una perspectiva humana, sabiendo quién es Jesús, no quiere bautizarlo, pero Jesús ha venido para cumplir la voluntad del Padre, para realizar en sí mismo la Justicia de Dios, por ello quiere ser bautizado, y su bautismo es de justicia, Dios al hacerse humano comparte toda la realidad del ser humano, incluso la experiencia de pasar por el bautismo, por el lavarse de los pecados y es en ese momento cuando el Padre se deja oír, y, su voz nos indica que Jesús es su Hijo amado. Pedro más adelante, cuando hable de Dios al pueblo, nos presentará a Jesús como aquél que no hace distinciones, no distingue entre el pecador y el puro, pues Él siendo puro quiso pasar por pecador y recibir el bautismo.

No somos más, ni somos mejores, ni tenemos más derechos, como Jesús, deberíamos esforzarnos por ser uno más, y cuánto más se nos confíe en la Iglesia, más deberíamos esforzarnos por ser y presentarnos como uno más. Iniciamos el Tiempo Ordinario, el caminar cotidiano siguiendo los pasos de Jesús, fijémonos en Él, imitemos su humildad, su sometimiento a la voluntad del Padre, y hagámoslo dejando resonar en nuestro corazón la voz de Dios que nos dice que Él es su hijo amado.


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